Literatura y fotografía en la Carnacini
El próximo 31 de marzo a las 19, se realizará la entrega de premios del VII Certamen de Cuentos Breves de la Asociación Cooperadora Amigos Casa Carnacini 2022. Y para la ocasión, habrá además una muestra fotográfica con los trabajos seleccionados en el concurso que llevó a cabo el Archivo Fotográfico Municipal “Alejando Witcomb” en conjunto con la Cooperadora sobre el tema “La puerta”, en el que resultó ganadora fue Martha Wladimirsky con su obra “Fin de la historia”, elegida para ilustrar la tapa del libro y en el flyer adjunto.
A continuación, y por gentileza de la As. Cooperadora del Museo compartimos cuento ganador, cuyo autor en Osvaldo Mongelli:
El abuelo en la puerta cancel
El viento caliente me da en la cara a medida que andamos por la avenida San Juan. Voy sentado en el caño de la bici, sobre una suerte de almohadón que papá sujeta con correas para que yo vaya más cómodo y la cola no me duela. Voy con las manos bien sujetas al centro del manubrio y puedo ver las venas gruesas en las manos enormes de papá, que se agrandan más cada vez que toca los frenos. Parece mentira que con unas manos tan grandes pueda hacer cosas tan delicadas como cuando trabaja en su huerta. O mismo cuando hace los injertos en la parra. Este año íbamos a tener una buena cosecha de tomates y de albahaca y ni qué hablar de las uvas que parecía que la parra ya no aguantaba el peso enorme de los racimos. Pero, ¿qué le habrá pasado al abuelo? Parece mentira que las cosas cambiaran tanto después de que el abuelo abrió la puerta cancel. Yo cierro bien los puños contra el manubrio y me doy cuenta de que con el tiempo voy a tener nudillos como los de papá, que se le marcan mucho más cuando anda con la tijera de podar. Los nudillos en la parte de arriba son los meses del año que tienen treinta y un días. Es genial saber eso. La parte baja son los meses de treinta, salvo febrero, claro. La abuela me enseñó un juego que se hace justamente con los dedos de la mano. Se llama dedín dedín se llama Roquín. Ella me sujeta la mano con los dedos bien estirados y con un dedo de su mano va diciendo a toda velocidad: dedín dedín se llama roquín, maseruca rabo de cuca, cuando el rey por aquí pasó, todas las aves convidó, sólo una que quedó, chirlo mirlo vete a acostar, a la puerta de tu tío Balta… sar. A medida que lo va diciendo su dedo va golpeando despacito cada nudillo de mi mano y cuando llega a la sílaba sar, uno tiene que meter abajo de la palma el dedo que le corresponde al nudillo, y todo así hasta que desaparecen todos los dedos. Es un juego que si uno lo piensa bien, en realidad nunca gana nadie, pero a mí me causa mucha gracia la letra y lo rápido que la dice la abuela. Justamente ayer ella jugaba conmigo en el patio a dedín dedín cuando el abuelo abrió la puerta cancel. Papá, subido a la escalera, revisaba los primeros racimos de la parra. Parece mentira cómo dos días de sol brillante pueden ser tan iguales y tan distintos a la vez. Porque con un día tan lindo como el de ayer, no podía ser que el abuelo se apareciera de esa manera, se plantara en medio del patio y le ordenara a papá que le devolviera inmediatamente la escalera. Así fue como se lo dijo el abuelo: como una orden. Yo me pregunto: ¿cómo puede ser que frente a esa situación papá se bajara y se quedara callado mientras el abuelo le quitaba la tijera de podar? ¿Cómo pudo ser que alguien tan grande como papá, con esas manos tan fuertes y con ese pecho inmenso, se quedara quieto, sin decir nada, paralizado como si se le apareciera un fantasma? ¿Por qué no reaccionó cuando el abuelo empezó a cortar los racimos y las ramas de la parra? ¿Por qué papá?, se lo voy a preguntar en algún momento. ¿Por qué dejaste que el abuelo rompiera el cerco que protegía las plantas de tomate que tanto cuidamos? ¿Por qué sólo te agachaste a recoger los racimos y las maderas rotas sin decir una sola palabra? Aunque ahora más vale dejarlo tranquilo. Al fin y al cabo a mí también me dio un poco de miedo el abuelo, que cada tanto tiene estas reacciones que uno dice: con razón lo condecoraron durante la segunda guerra. Porque me imagino el susto del enemigo viéndolo venir con el fusil en la mano, como en la foto que tiene en su mesa de luz. Ahora bien, ¡quién se iba a imaginar que la que iba a sacar carpiendo al abuelo… era la abuela! Sí, fue ella la que se le plantó delante y le pegó dos gritos que a él lo hicieron recular como si viera venir un tanque del enemigo. Y fue ella también la que ayudó a papá a recoger los racimos pisoteados en el suelo y a barrer las ramas y las maderas rotas del cerco.
Ojalá papá olvide pronto. Ojalá le parezca que todo fue un mal sueño. Mientras tanto, estoy seguro de que este paseo le va a hacer bien. A mí me encanta salir a andar en bici con él y sentir su aliento resoplando en mi nuca. Cuando sea grande, me gustaría ser tan alto como papá y tener sus manos fuertes, pero delicadas a la vez.
Es un hermoso día de sol. Cuando doblamos por Dean Funes, la calle se llena del perfume de los paraísos. El viento caliente me pega en la cara mientras papá pedalea y pedalea, más rápido que de costumbre, como si fuera muy urgente llegar a un lugar. Aunque cuando es así, él siempre avisa: “vamos hasta la costanera” o “vamos hasta el Parque Chacabuco” o “vamos a visitar al tío Vicente”, por poner un ejemplo. Pero hoy no dijo nada. Hoy me da la impresión de que, en realidad, no quiere llegar a ninguna parte. Hoy sólo pedalea y pedalea fuerte, cada vez más rápido, como si quisiera alejarse de lo que pasó ayer.
FIN